Ella esperaba apoyada en una pared.
Sonrió al verle llegar, un beso a cada lado de la cara fué su saludo.
-¿Como estás? le preguntó él.
-Nerviosa, muy nerviosa,¿ y tu?
-Muy bien, ahora contigo, muy bien.
Ella abrió la puerta y al cerrarla, se fundieron en un abrazo, se besaron con desesperación.
Se cogieron de la mano y recorrieron un largo pasillo.
-Es el único sitio donde podemos cogernos de la mano.
-Sí, es el único, contestó él.
Ella se disponía a abrir otra puerta y él la abrazaba por detrás, le tocaba el pecho, le besaba el cuello.
-Así es imposible meter la llave, no voy a acertar con la cerradura.
Entraron a un pequeño apartamento y al cerrar eran sólo uno.
Se abrazaban, se acariciaban, se besaban con pasión.
-¿Cómo podemos estar así? Se preguntaban.
Se quitaron la ropa y se metieron en la cama. Los besos y los abrazos se sucedían.
-¿Dime qué quieres? Le dijo él.
-Quiero comerte........ quiero comerte, le susurraba ella.
- Sabes qué me gusta, eres la única que me lo hace.
Ella contenta , muy contenta por sentirse única en algo, empezó a besarle por todo el cuerpo, cuello, pecho, barriga, hasta que llegó a su duro pene.
Se lo metió en la boca, su lengua jugaba con la punta, deslizándola para arriba para abajo dentro de su boca. Hasta que él le pidió que parara, no quería correrse tan pronto. Estaba dispuesto a tener mucho placer y dar mucho placer.
-Súbete arriba, le dijo él.
Y ella dispuesta a todo, lo hizo. Empezó a cabalgar sobre él, lo besaba, le acariciaba el pecho y gemía. No sólo le estaba dando placer a su hombre, ella lo recibía también.
Quería correrse ya, lo necesitaba, pero él no la dejó.
-Es pronto todavía, le decía.
Cambiaron de postura, esta vez él se puso de rodillas frente a ella.
Cogió las piernas de ella, se las puso en sus hombros y embestió. Le metió el pene hasta el fondo. Esta postura ya la conoces, es la "Profundidad".
Ella gemía con cada embestida. Pero él iba despacio, movimientos suaves, muy suaves y otra embestida.
-No aguanto más, decía ella.
-Si que aguantarás.
De pronto le cogió las piernas y sin sacarle el pene de la vagina se las puso a un lado, éste es el "tornillo" dijo él.
Ella temblaba, sentía que de un momento a otro podría desmayarse de tanto placer.
Ya ninguno aguantaba más, le abrió las piernas, se la metió y fueron pocos movimientos los que los llevaron a un gran orgasmo, casi al unísono.
Se quedaron abrazados, respirando profundamente, durante bastante tiempo.
-No puedo abrir los ojos, decía él.
-No los abras, cariño, descansa, descansa.